¡Hola, futuras mamás, papás y educadores! Hoy quiero que hablemos de algo crucial en el crecimiento de nuestros peques: ¡la capacidad de tomar decisiones!
En este mundo que cambia a mil por hora, ¿no sientes a veces que sobreproteger a nuestros hijos es la solución más fácil, pero a la vez, el mayor obstáculo para su futuro?
¡A mí me pasa! Con la avalancha de información y la constante evolución tecnológica, es más importante que nunca que nuestros niños desarrollen esa chispa de autonomía y confianza para elegir su propio camino.
He notado que muchas familias se debaten entre darles libertad o guiarlos de cerca, y la verdad es que encontrar ese equilibrio es todo un arte. Pero mi experiencia me dice que, si queremos que sean adultos resilientes y capaces de enfrentarse a los desafíos del mañana, tenemos que empezar por fomentar su resolución desde pequeños.
Es una habilidad que no nace con ellos, ¡se cultiva día a día! Permíteles equivocarse, enséñales a reflexionar y verás cómo florecen. ¿Estás listo para darles las herramientas que necesitan para construir un futuro brillante?
¡En el post de hoy, vamos a descubrir cómo podemos hacerlo de la mejor manera!
Cultivando la semilla de la autonomía desde pequeños

El poder de elegir en lo cotidiano
¡Uff, cómo vuela el tiempo! Parece que fue ayer cuando nuestros pequeños solo gateaban, y ahora ya están queriendo elegir su ropa, qué juguete usar o qué película ver.
Y es que, ¿sabéis qué? Es precisamente en esos gestos tan cotidianos donde empieza a germinar la semilla de su autonomía. Recuerdo perfectamente cuando mi hija, con apenas tres años, se empeñaba en ponerse sus calcetines ella sola, ¡y al revés!
Podría haberlo hecho yo en un segundo, pero decidí morder mi lengua y dejarla intentarlo. Ver su carita de concentración, y luego esa sonrisa de orgullo cuando, por fin, lograba ponerse uno (aunque fuera mal), ¡no tiene precio!
Esos pequeños momentos, esas micro-decisiones que les permitimos tomar, son los cimientos sobre los que construyen su confianza. No se trata de decisiones trascendentales al principio, sino de darles el espacio para que se sientan capaces, para que entiendan que su opinión cuenta y que tienen voz.
Si les negamos constantemente estas pequeñas oportunidades, si siempre decidimos por ellos “para ahorrar tiempo” o “porque lo hacemos mejor”, ¿cómo esperamos que un día tomen decisiones importantes con seguridad?
Empieza por preguntarles: “¿Qué camisa te gusta más, la azul o la verde?”, “¿Quieres la manzana o la pera para el postre?”. ¡Verás la chispa en sus ojos!
Errores como escalones de aprendizaje
Y hablando de esas primeras decisiones, ¡claro que van a equivocarse! ¡Y está genial que lo hagan! Me acuerdo de una vez que mi sobrino insistió en llevar un paraguas diminuto en un día soleado para “protegerse del sol”, y yo, en lugar de corregirlo, le dije: “¡Buena idea!
Llévalo y vemos qué tal”. A los cinco minutos, se dio cuenta de que el paraguas era más una molestia que una ayuda bajo el sol abrasador. Lo plegó y lo guardó en la mochila sin que yo dijera una palabra.
Esa experiencia, ese “error” o esa decisión no tan acertada, fue para él una lección mil veces más valiosa que si yo le hubiera dicho de antemano que no tenía sentido.
¿Cuántas veces nos cuesta a los adultos permitir que se equivoquen por miedo a que sufran, a que se frustren o a que el resultado no sea perfecto? Pero es justo en esos tropiezos donde se forja la resiliencia.
Aprenden a evaluar, a ajustar y a intentar de nuevo. Como padres o educadores, nuestro papel no es evitarles cada caída, sino estar ahí para levantarles, para conversar sobre lo que pasó, para preguntar “¿qué aprendiste de esto?” o “¿qué harías diferente la próxima vez?”.
Es un cambio de mentalidad, de ver el error no como un fracaso, sino como una valiosa oportunidad de crecimiento personal que fortalece su capacidad de discernimiento.
El arte de soltar y confiar: Menos sobreprotección, más crecimiento
Cuando decir “sí” a la independencia vale oro
Lo sé, lo sé, la tentación de tenerlos bajo nuestra ala es enorme. ¡Son nuestros tesoros más preciados! Pero, ¿y si te digo que a veces, nuestro “no” constante o nuestra necesidad de control es lo que más los limita?
Hace poco, una amiga me contaba que su hijo de 8 años le pidió ir solo a la tienda de la esquina a comprar pan. Su primer impulso fue un “¡Ni hablar!”, pero luego respiró hondo y pensó en todas las veces que le había hablado de seguridad y responsabilidad.
Decidió darle un “sí”, con la condición de que fuera por el camino que habían practicado juntos y con el móvil en el bolsillo. La cara de felicidad y la sensación de logro que trajo ese niño al volver con el pan, ¡no tienen precio!
Se sentía un gigante. Esos “sí” calculados, esos momentos en los que confiamos en su juicio y en las herramientas que les hemos dado, son los que les permiten expandir su mundo y su autoconfianza.
No se trata de dejarlos a su suerte, sino de crear un marco seguro donde puedan explorar sus límites y los del entorno. Es un ejercicio de fe en ellos, en su capacidad de aprender y de aplicar lo que les hemos enseñado.
Manejar la frustración: Un músculo que se entrena
Y claro, en ese camino hacia la independencia, la frustración hará su aparición, ¡y es totalmente normal! Recuerdo una vez que mi sobrino intentaba construir una torre altísima con bloques, y se le caía una y otra vez.
Se enfadó, tiró los bloques, y yo, en lugar de intervenir inmediatamente para “arreglarlo” o construirla por él, me senté a su lado y simplemente le dije: “Veo que estás muy frustrado con la torre.
Es difícil, ¿verdad?”. Le di espacio para sentir esa emoción, y después, cuando se calmó un poco, le pregunté: “¿Qué crees que podríamos intentar diferente la próxima vez para que no se caiga?”.
Juntos analizamos dónde fallaba. No le di la solución, le ayudé a encontrarla. Manejar la frustración es una de las habilidades más importantes para la toma de decisiones.
Si siempre les allanamos el camino, si siempre resolvemos sus problemas o les damos la respuesta correcta, no desarrollarán esa tolerancia a la incomodidad ni la persistencia necesaria para enfrentar desafíos más grandes.
La vida adulta está llena de decisiones difíciles y de momentos en los que las cosas no salen como esperamos. Aprender a lidiar con esa frustración desde pequeños es un superpoder para su futuro.
Comunicación que empodera: Hablar para que decidan, no para imponer
Escuchar activamente sus razonamientos
¿Alguna vez te has parado a escuchar de verdad las razones que un niño de cinco años tiene para querer llevar dos calcetines diferentes? ¡Te sorprendería la lógica que a veces esconden!
Uno de los pilares fundamentales para fomentar la decisión en nuestros hijos es, sin duda, la comunicación. Pero no hablo de la comunicación unidireccional donde nosotros dictamos y ellos asienten.
Me refiero a una escucha activa, a sentarnos a su altura, mirarles a los ojos y realmente prestar atención a sus argumentos, por muy “infantiles” que nos parezcan.
Cuando mi hijo mayor era pequeño, quería jugar en el parque con unos zapatos que, a mi parecer, no eran los adecuados para correr y escalar. En lugar de simplemente decir “no, esos no”, le pregunté: “¿Por qué quieres esos zapatos hoy?”.
Él me explicó que eran sus “zapatos de superhéroe” y que con ellos corría más rápido. En ese momento, entendí su lógica emocional, y pude, entonces, explicarle que esos zapatos eran geniales para otras cosas, pero que para correr en el parque quizás los otros le ayudarían a ser un superhéroe aún más rápido y seguro.
Al escucharle, no solo le mostré respeto, sino que también le di la oportunidad de articular su pensamiento, de practicar su argumentación y, finalmente, de comprender la mía.
El diálogo como herramienta de co-creación
Más allá de simplemente escuchar, el diálogo se convierte en una herramienta poderosa para la co-creación de soluciones y decisiones. En lugar de presentarles opciones cerradas o de imponer una única vía, podemos involucrarlos en el proceso de búsqueda.
Cuando surgen conflictos entre hermanos sobre qué juego elegir, en vez de ser el árbitro que decide, propongo: “Veo que ambos quieren cosas diferentes.
¿Qué podemos hacer para que los dos estén contentos?”. Es asombroso ver cómo, a veces, con un poco de guía, ellos mismos encuentran soluciones creativas que a nosotros ni se nos habrían ocurrido.
“Podemos jugar al tuyo media hora y luego al mío otra media”, o “Si jugamos al que tú quieres hoy, mañana elegimos el que yo quiera”. Este tipo de diálogo no solo les enseña a negociar y a comprometerse, sino que también les muestra que sus ideas son valoradas y que pueden ser parte activa de la resolución de problemas.
Les estamos dando las herramientas para que confíen en su propio ingenio y en su capacidad para influir positivamente en su entorno, habilidades cruciales para tomar decisiones acertadas en cualquier ámbito de la vida.
Estableciendo límites, abriendo caminos: Libertad con responsabilidad
Reglas claras, decisiones libres
Es un error común pensar que fomentar la toma de decisiones en los niños significa darles rienda suelta sin ningún tipo de estructura. ¡Nada más lejos de la realidad!
De hecho, los límites claros y consistentes son el andamiaje sobre el cual pueden construir su autonomía de forma segura. Imaginen un parque de juegos sin vallas.
Los niños estarían tan preocupados por no caerse o por no salirse, que difícilmente se atreverían a explorar y jugar libremente. Los límites son esas vallas: les dan seguridad para que, dentro de ese espacio delimitado, puedan tomar sus propias decisiones con confianza.
Por ejemplo, en mi casa, la regla es que, antes de ver la televisión, hay que haber terminado los deberes. Dentro de esa regla, mis hijos pueden decidir si quieren hacer los deberes justo al llegar del colegio, o si prefieren merendar primero y hacerlos después.
La regla es innegociable, pero la elección del momento es suya. Esta estructura les enseña que la libertad viene acompañada de responsabilidad y que sus decisiones tienen consecuencias directas en la posibilidad de acceder a otras actividades.
Conduciendo la autonomía, no la anarquía
A veces, como padres o educadores, podemos caer en la trampa de ceder ante cualquier demanda de nuestros hijos en nombre de la “autonomía”, pero eso puede llevar rápidamente a la anarquía, no a un desarrollo saludable.
La verdadera autonomía se cultiva en un entorno donde se comprenden las consecuencias y se respetan las normas. Recuerdo una situación en la que mi hijo pequeño quería jugar con un juguete que sabía que estaba prohibido usar en la sala por riesgo de romper algo.
En lugar de simplemente quitarle el juguete, me senté con él y le recordé la regla, y le ofrecí dos opciones: “Puedes guardar ese juguete y jugar con otros aquí, o puedes ir a tu habitación y jugar con él allí”.
Le di la elección, pero dentro del marco de la regla. No era una prohibición arbitraria, sino una norma con un propósito. Esto no solo le permitió ejercer su voluntad al elegir una de las opciones, sino que también reforzó la importancia de las reglas en la convivencia y la seguridad.
Es un equilibrio delicado, lo sé, pero es esencial para que aprendan a tomar decisiones informadas y responsables, entendiendo que no siempre pueden hacer lo que quieren, pero sí pueden elegir cómo responder dentro de los límites establecidos.
| Edad | Ejemplos de decisiones cotidianas | Beneficios para su desarrollo |
|---|---|---|
| 1-3 años | Elegir entre dos frutas para la merienda; seleccionar un juguete para jugar; decidir qué cuento leer antes de dormir (entre dos opciones). | Desarrollo de la autoconciencia, inicio de la preferencia personal y comprensión de causa y efecto simple. Fomenta la comunicación y el sentido de control. |
| 4-6 años | Escoger la ropa para el día (dentro de opciones adecuadas); decidir una actividad para el tiempo libre; qué camino tomar para ir al parque (si hay dos opciones seguras). | Fortalece la confianza, desarrolla la capacidad de razonamiento básico, aprende a expresar sus deseos y a manejar pequeñas responsabilidades. |
| 7-9 años | Planificar una tarde de juegos con amigos; elegir cómo organizar su mochila; decidir sobre la gestión de una pequeña cantidad de dinero de bolsillo; cómo resolver un desacuerdo con un compañero. | Mejora la resolución de problemas, fomenta la independencia, el pensamiento crítico y la negociación. Entiende el valor del dinero y la planificación. |
| 10-12 años | Elegir sus actividades extracurriculares; planificar un proyecto escolar; decidir sobre el uso de su tiempo de ocio; participar en decisiones familiares sobre planes de vacaciones o menú semanal. | Desarrollo de habilidades de organización y gestión del tiempo, pensamiento a largo plazo, asunción de mayores responsabilidades y participación activa en la vida familiar y social. |
El juego de las decisiones: Estrategias lúdicas para mentes jóvenes

Simulaciones y escenarios divertidos
¿A quién no le gusta jugar? Nuestros peques, por supuesto, no son la excepción. Y es que el juego es, sin duda, la herramienta más potente que tenemos para que aprendan casi cualquier cosa, ¡incluida la toma de decisiones!
Recuerdo haber inventado con mis hijos un juego de “la ciudad de las decisiones”, donde cada uno era un alcalde y tenía que elegir cómo resolver pequeños problemas que surgían en su “ciudad” de bloques y juguetes.
“¿Qué hacemos con este oso de peluche que está triste porque no tiene casa?”, o “¿Cómo ayudamos al coche de juguete que se ha quedado sin gasolina?”. Ellos inventaban soluciones, las discutían y veían las “consecuencias” en el juego.
Estas simulaciones, aunque parezcan simples, les permiten practicar la toma de decisiones en un entorno sin riesgos. Les enseñan a considerar diferentes opciones, a prever posibles resultados y a entender que sus elecciones tienen un impacto.
Además, al hacerlo de forma lúdica, se reduce la presión y se fomenta la creatividad, elementos clave para ser buenos tomadores de decisiones en la vida real.
Es una manera genial de que experimenten la emoción de elegir y la satisfacción de resolver, todo mientras se divierten.
Pequeñas tareas, grandes responsabilidades
Más allá de los juegos imaginativos, las tareas cotidianas del hogar son un campo de entrenamiento excelente para la toma de decisiones y la asunción de responsabilidades.
No me refiero a imponerles una lista interminable de quehaceres, sino a involucrarlos activamente en las decisiones sobre cómo y cuándo realizar ciertas tareas.
Por ejemplo, en lugar de decir “Tienes que ordenar tu habitación”, puedo preguntarles: “¿Qué parte de tu habitación quieres ordenar primero, la ropa o los juguetes?”, o “¿Prefieres ordenar hoy por la tarde o mañana por la mañana?”.
Al darles esas opciones, les estamos dando control sobre su tiempo y su espacio, y les enseñamos a planificar. Otro ejemplo es la compra en el supermercado.
Involucrarlos en la elaboración de la lista, pedirles que elijan las manzanas más bonitas o que comparen precios de dos marcas de yogur. Estas pequeñas responsabilidades, que implican mini-decisiones, les infunden un sentido de propósito y pertenencia.
Se dan cuenta de que sus contribuciones son valiosas y que tienen un papel activo en el funcionamiento de la familia. Es un paso gigante para que se sientan capaces y confiados a la hora de abordar decisiones más complejas en el futuro, ya que han practicado en un entorno real y significativo.
Mirando al futuro: Decisiones que construyen su mañana
Iniciación a la gestión de pequeños recursos
Una de las áreas donde la toma de decisiones se vuelve crucial para el futuro es, sin duda, la gestión de recursos. Y no hablo solo de dinero, sino también de tiempo, de energía, de juguetes.
Desde pequeños, podemos empezar a darles pequeñas responsabilidades en este ámbito. Por ejemplo, al darles una pequeña paga semanal o mensual, incluso si es muy simbólica, les estamos brindando la oportunidad de tomar decisiones financieras.
“¿Quieres gastar tu paga en un dulce hoy, o prefieres ahorrarla para comprar ese juguete más grande que tanto deseas?”. Esta es una pregunta sencilla que les obliga a ponderar el placer inmediato frente a la gratificación a largo plazo, una habilidad fundamental en la vida adulta.
Recuerdo que mi sobrina, con unos siete años, decidió ahorrar toda su paga durante dos meses para comprarse un libro de una serie que le encantaba. Verla llegar a la librería y pagar con sus propias monedas, ¡fue una lección de economía y perseverancia que no habría aprendido con mil sermones!
Estas experiencias les enseñan el valor del dinero, la importancia de la planificación y la satisfacción de alcanzar una meta a través de sus propias decisiones.
Preparándolos para los desafíos del mundo real
El mundo en el que crecerán nuestros hijos es complejo y está en constante cambio. Las decisiones que tomarán en su adolescencia y adultez serán cada vez más trascendentales, desde la elección de una carrera hasta cómo manejar relaciones personales o situaciones de presión social.
Si no les hemos dado la oportunidad de practicar la toma de decisiones desde pequeños, ¿cómo esperamos que estén preparados para esos desafíos mayores?
La clave está en ir escalonando la complejidad. Si un niño ha aprendido a elegir entre dos opciones de postre, luego entre dos actividades, y después a decidir cómo gastar su paga, estará mejor equipado para analizar opciones más complejas como la elección de asignaturas en el instituto o cómo reaccionar ante una situación de *bullying*.
Nuestro papel es el de facilitadores, de guías que les ofrecen herramientas y un espacio seguro para practicar. Les estamos preparando para ser adultos funcionales, capaces de pensar por sí mismos, de evaluar riesgos y beneficios, y de asumir la responsabilidad de sus propias vidas.
No se trata de controlar cada paso que dan, sino de equiparlos con la confianza y las habilidades necesarias para que construyan su propio camino con firmeza y sabiduría, enfrentando el mundo con la certeza de que pueden elegir y aprender de cada elección.
Nuestra guía silenciosa: La paciencia y el ejemplo como pilares
El valor de observar y esperar
¡Ay, la paciencia! Esa virtud que, a veces, parece que se nos escapa entre los dedos cuando estamos criando. Sin embargo, cuando se trata de fomentar la toma de decisiones en nuestros hijos, la paciencia se convierte en nuestro superpoder secreto.
Observar, simplemente observar sin intervenir de inmediato, es un acto de amor y confianza. Recuerdo una vez que mi hijo estaba intentando construir algo complicado con piezas de Lego y se atascó.
Podría haber metido mano y “ayudarle” a resolverlo en un santiamén, pero me quedé quieta, observando su proceso. Vi cómo fruncía el ceño, cómo probaba una pieza tras otra, cómo se frustraba un poco y luego, ¡eureka!, encontraba la solución por sí mismo.
Esa espera, esa pausa que nos permitimos como padres, es un regalo inmenso para ellos. Les da el espacio para pensar, para experimentar con diferentes enfoques y para sentir la satisfacción de haber superado un desafío por sus propios medios.
No siempre tenemos que ser los que den la respuesta o la solución. A veces, nuestro mejor “hacer” es simplemente “estar”, ofreciendo un apoyo silencioso que les permita ejercitar su propio músculo de la decisión.
La prisa es, a menudo, el peor enemigo de la autonomía.
Ser el modelo que queremos que sean
Y por último, pero no menos importante, ¡somos su espejo! Nuestros hijos aprenden mucho más de lo que ven que de lo que les decimos. Si queremos que sean personas con capacidad de decisión, debemos mostrarles cómo tomamos las nuestras.
Hablar en voz alta de nuestro propio proceso de decisión puede ser increíblemente instructivo para ellos. “Mmm, ¿debería coger el autobús o ir andando al trabajo hoy?
Si cojo el autobús, llegaré más rápido, pero si voy andando, haré ejercicio. Creo que voy a ir andando, así aprovecho el buen tiempo”. Al verbalizar estos pensamientos, les estamos mostrando cómo evaluamos opciones, cómo consideramos pros y contras y cómo llegamos a una conclusión.
También es importante que nos vean asumir la responsabilidad de nuestras propias decisiones, incluso cuando no salen perfectas. “Bueno, decidí probar esta receta nueva y no salió muy bien, pero aprendí que la próxima vez necesito menos sal”.
Esto les enseña que equivocarse es parte del proceso y que siempre hay algo que aprender. Al final, lo que realmente forjará a esos adultos resolutivos y seguros de sí mismos no son solo las oportunidades que les demos para elegir, sino el ejemplo constante de cómo nosotros mismos navegamos por el mundo de las decisiones con confianza y humildad.
글을 마치며
¡Uf, qué viaje tan emocionante es el de ver a nuestros hijos crecer y convertirse en personitas capaces! Fomentar su autonomía y su habilidad para tomar decisiones es, sin duda, una de las mayores inversiones que podemos hacer en su futuro.
No es un camino siempre fácil, lo sé, habrá tropiezos y dudas, tanto para ellos como para nosotros. Pero al final, cada pequeña elección que les permitimos hacer, cada error del que aprenden y cada responsabilidad que asumen, es un peldaño más en la escalera hacia una vida plena y consciente.
Recordad siempre que no se trata de controlar, sino de acompañar con amor y confianza.
알아두면 쓸모 있는 정보
1. Empieza con pequeñas decisiones: No les pidas que decidan su futuro de golpe. Comienza con opciones sencillas como elegir entre dos prendas de vestir, dos frutas para el postre o qué juego quieren jugar primero. Esto les ayuda a entender el concepto de elección y sus consecuencias sin sentirse abrumados.
2. Permite que se equivoquen y aprendan: Es crucial dejarles experimentar las consecuencias, incluso si son “malas decisiones”. Estos errores son las mejores oportunidades de aprendizaje. En lugar de rescatarles siempre, pregunta qué aprendieron o qué harían diferente la próxima vez.
3. Establece límites claros y consistentes: La autonomía no es anarquía. Las reglas y los límites brindan un marco seguro dentro del cual los niños pueden explorar y tomar decisiones con confianza. Saben hasta dónde pueden llegar, lo que les da seguridad.
4. Fomenta la comunicación activa: Escucha sus razonamientos, por simples que parezcan. Pregúntales por qué quieren hacer algo y explícales tus propias decisiones. El diálogo les enseña a argumentar, a comprender otras perspectivas y a co-crear soluciones.
5. Involúcralos en tareas y responsabilidades cotidianas: Asignarles pequeñas tareas del hogar o decisiones en la compra del supermercado les da un sentido de pertenencia y propósito. Aprender a organizar su tiempo y sus pertenencias también son decisiones importantes.중요 사항 정리
La clave para cultivar la autonomía y la capacidad de decisión en los niños reside en la confianza, la paciencia y un acompañamiento consciente. Al darles espacio para elegir, incluso si se equivocan, les estamos permitiendo desarrollar habilidades esenciales como la resiliencia, el pensamiento crítico y la autoeficacia. La comunicación abierta, el establecimiento de límites claros y la modelación de nuestros propios procesos de decisión son pilares fundamentales para este crecimiento. Recuerda que no se trata de hacer las cosas por ellos, sino de equiparlos con las herramientas y la confianza para que puedan construir su propio camino y enfrentar el mundo con la certeza de que sus decisiones importan y forjan su futuro.
Preguntas Frecuentes (FAQ) 📖
P: ¡Ay, esta es una pregunta que me hacen mucho! ¿Realmente es tan importante que mis hijos tomen decisiones desde tan pequeños, o no es mejor esperar a que sean un poco más mayores?
R: ¡Uf, créeme que entiendo perfectamente esa duda! Yo misma me he topado con esta disyuntiva, pensando si no los estaba empujando demasiado rápido. Pero lo he comprobado con mis propios ojos: permitirles elegir desde pequeños, incluso cosas tan sencillas como qué fruta quieren para merendar o qué cuento leer antes de dormir, es como sembrar una semilla.
Cada pequeña decisión que toman, y el resultado que ven de ella (sea bueno o no tan bueno), les enseña a entender las consecuencias. No solo construyen confianza en sí mismos, sino que también desarrollan esa chispa de autonomía que mencionaba, esa capacidad de resolver problemas que es fundamental para el futuro.
Imagina que es como un músculo: cuanto más lo ejercitas, más fuerte se vuelve. Y no te preocupes, no se trata de soltarlos sin guía, sino de darles opciones seguras dentro de un marco que tú estableces.
¡Es fascinante ver cómo florecen!
P: ¿Y cómo lo hago en el día a día? ¿Hay algún truco o forma práctica de fomentar esa toma de decisiones sin que se convierta en una batalla o en un caos en casa?
R: ¡Claro que sí! Aquí es donde la ‘magia’ sucede, y te prometo que no es tan complicado como parece. Mi truco personal es empezar con opciones limitadas.
En lugar de preguntar ‘¿Qué quieres hacer hoy?’, que puede ser abrumador para ellos (¡y para nosotros!), prueba con ‘¿Quieres pintar o jugar con bloques?’ o ‘¿Comemos arroz o pasta hoy?’.
Así les das el control, pero dentro de un abanico que tú ya has aprobado. Otra cosa que me funciona de maravilla es involucrarlos en pequeñas decisiones familiares, como elegir la película para la noche de cine o qué postre preparar el fin de semana.
Cuando los ves elegir y sientes su orgullo, te das cuenta de lo mucho que significa para ellos. Y no olvides, ¡elogia el esfuerzo, no solo el resultado!
Eso les da seguridad para seguir intentándolo, aunque a veces se equivoquen.
P: Pero, ¿qué pasa si mi hijo elige algo y luego se arrepiente o resulta ser una mala decisión? ¿Debo intervenir, regañar o simplemente dejar que se las apañe?
R: ¡Ay, esta es la parte más delicada y donde nuestro instinto de protección sale a flote! Lo he vivido muchas veces: ver a mi peque equivocarse y sentir esa punzada en el estómago.
Pero, ¿sabes qué? Es precisamente en esos momentos donde el verdadero aprendizaje ocurre. Mi consejo es este: no intervengas de inmediato para ‘rescatarlos’ a menos que haya un peligro real.
En su lugar, acompáñalos. Pregúntales: ‘¿Qué crees que pasó aquí?’, ‘¿Qué harías diferente la próxima vez?’ o ‘¿Cómo podemos solucionar esto juntos?’.
No se trata de regañar, ¡para nada! Se trata de convertirlos en detectives de sus propias decisiones. Y lo más importante: hazles saber que está bien equivocarse.
Todos lo hacemos. Eso les enseña resiliencia, a no tener miedo de probar cosas nuevas y a aprender de cada experiencia. Al final, no queremos hijos perfectos, sino hijos valientes y capaces de levantarse después de cada caída, ¿verdad?






